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Ciencia Ficción, Terror y Fantasía

crepúsculo en el fin del mundo

Esta es una versión propia, escrita originalmente e inspirada en la historia corta Twilight, de John Campbell y que se encuentra en el Dominio Público en archive.org. Le hemos puesto Crepúsculo del Fin del Mundo, para que no se confundiera con una historia de vampiros adolescentes.Disfruta de este relato y recuerda que los viajeros en…

Esta es una versión propia, escrita originalmente e inspirada en la historia corta Twilight, de John Campbell y que se encuentra en el Dominio Público en archive.org. Le hemos puesto Crepúsculo del Fin del Mundo, para que no se confundiera con una historia de vampiros adolescentes.
Disfruta de este relato y recuerda que los viajeros en el tiempo se verían como tu o como yo; pero ellos saben qué pasará en el fin del mundo y tu no.


AMANECE EN LA CARRETERA y la luz naranja baña el asfalto roto de un camino abandonado, a miles de kilómetros de la civilización. Allí, a la orilla de un camino, en una de esas cafeterías de estación de servicio, dos camioneros cierran el día con una cerveza.
Después de acordarse de varias historias juntos, uno de ellos dice:
Hablando de mochileros,yo recogí a un man el otro día que era todo extraño. El tipo tenía ropa chistosa, como plateada pero suave y elástica como seda. De noche, brillaba un poquito y lo pude ver. Lo recogí sobre el atardecer, lo tuve que levantar del piso porque estaba ahí echado, al lado de la carretera. Al principio pensé que alguien lo había atropellado y se había escapado. Lo recogí, se montó en el carro y arranqué. Me faltaban como unos 500 kilómetros para llegar a mi casa, pero pensé que lo podía dejar en un pueblo de paso, en un puesto de salud o en la policía; pero a los cinco minutos abrió los ojos.
Miró al camino, me miró, miró al carro y miró a la luna.
“Gracias a Dios!” dijo.
Era bien alto, como de metro ochenta. Creo que era mono, pero a la luz se le veía el cabello rojo, como color cobre. Tenía pelo lacio y su frente era amplia, grandota, el doble de la mía. Sus rasgos eran bien delicados, pero impresionantes. Lo más impactante eran los ojos: grises, como forjados en hierro y más grandes que los míos, mucho más grandes.
“Hola” dije “¿Un accidente?”
“No. No por ahora, al menos”.
Y su voz era increíble, una melodía. No era una voz cualquiera, sonaba como en autotune.
“Tal vez mi mente aún no se ha estabilizado. Intenté un experimento ¿qué día es hoy?”
“Octubre 26 del 2015”
No le gustó la fecha, hizo una mueca de disgusto.
“Casi mil… “ dijo tristemente. “No tan mal como siete millones, no debería quejarme”. Hablaba para sí.
“¿Siete millones de qué?”
“Años” dijo tranquilamente. Como si hablara en serio.
“Intenté el experimento, pero veo que me salió mal, debo volverlo a intentar. Esta vez intenté salirme alrededor del Campo de Gamma H 482, intensidad 935 en el rango Pellman. Creo que la resonancia me llevó a través del espacio a la posición que le indiqué en el sistema solar. Me llevó a través de una dimensión superior, afectando la velocidad de la luz y arrojándome en ésta época».
No me estaba hablando, solo pensaba en voz alta. Entonces se dió cuenta que yo estaba ahí.
“No pude leer sus instrumentos, siete millones de años de evolución cambian todo. Entonces por eso me salté de mi marca original. Yo pertenezco al año 3059. Dime ¿Cuál es el último avance científico de esta era?”
Me corchó con esa pregunta, pero le respondí con lo que sabía:
“La televisión, creo. Y el internet, la radio y los aviones.”
“Radio, bien, bien, conocen el funcionamiento de las frecuencias electromagnéticas superiores, deben estar empezando a generar propulsores interestelares…”
“¿Qué?” Le dije, no tenía ni idea de lo que hablaba “¿Cómo es que se llama usted?”
“Lo siento, qué grosero” dijo con su rara voz. “Soy Ares Sen Kenlin ¿y usted?”
“James Waters Buitrago.”
“Waters ¿Qué significa? me suena familiar”
“Es un apellido, en inglés, por mi familia…
“Ustedes son bárbaros, no tienen clasificación. El Sen de mi nombre es de ciencia. Les harán falta otros mil años para la crisis de la sobrepoblación.”
“¿De dónde viene señor Kenlin?
“¿De dónde vengo?” sonrió y su voz sonaba lenta y suave. “Vengo viajando por el espacio tiempo a través de siete millones de años o más. En esa época han pedido la cuenta de los años, los hombres al menos. Las máquinas han eliminado todo lo que no les sirve. Pero, mi casa está en el año de 3059.”
Ahí empecé a pensar que el tipo estaba loco.
“Fue un experimento” continuó. “La ciencia es como yo la he leído. Mi papá era un científico también, pero de genética humana. Yo fuí su experimento, yo fui el primero de una nueve especie, viajeros en el tiempo”.
“Una nueva especie…
“Señor Waters ¿Quiere saber qué pasa al final de nuestra especie? ¿Al final de la humanidad? Escuche muy bien todo lo que le voy a contar porque usted es el primer hombre al que le cuento mi aventura en el año del fin del mundo.”
Y escuché su historia.
SIETE MILLONES DE AÑOS en el futuro y la gente ya no sabe leer o escribir, el lenguaje ha cambiado y físicamente la humanidad también ha cambiado, pero yo los ví: la nueva especie será de humanos bajitos, con cabezas gigantes. Sus cabezas serán grandes porque su cerebro será gigante. Tendrán máquinas que pueden pensar, pero, cuando yo llegué, alguien las había apagado en algún momento de la historia y nadie supo cómo prenderlas otra vez, solo quedaban máquinas que actuaban por inercia, haciendo tareas programadas hace mucho tiempo.
Gente amable y bajita que no hace más porque todo se lo hacen las máquinas: eso es todo lo que seremos, vacas humanas.
Verá usted, en siete millones de años, los cuerpos celestes también habrán cambiado bastante. La luna estará mucho más lejos y habrá nuevas constelaciones.
Ví naves moviéndose en las ciudades, alumbradas por vapores de mercurio de azul verdoso. Vi en todas aquellas ciudades que nadie, pero nadie hacía una sola hora de trabajo.
Cuando el campo de energía me dejó en aquella época, me arrojó en una planicie grande y de pastos verdes e inmensos. Nada a la redonda, sólo yo y la luz de la luna.
Entonces ví algo que bajaba del cielo. Estaba brillando. Un globo gigante que se hundió en el centro de la masa negra y cromada que era la ciudad.
Después de explorar muchos años caminando aquel mundo, me encontré con varias ciudades desiertas. Me acuerdo de una en especial, llena de columnas estiladas en un geométrico patrón hexagonal.
Nunca supe su nombre, pues nadie me pudo comunicar nada en toda mi estancia en el futuro. Caminé por ella, había máquinas por todos lados. La ciudad no sabía cómo ni por qué funcionaba, pero lo había hecho sola y bajo órdenes tan antiguas como Egipto para este tiempo. El lugar tenía más de ciento cincuenta mil años y desde entonces, ningún humano vivía en ese lugar, solo máquinas.
En un momento de este terrible futuro la tierra se enfrió y el sol se opacó, pero seguía allí. Éstas máquinas siguieron haciendo lo que sabían hacer, mientras la humanidad cambiaba y moría.
La ciudad estaba treinta pisos sobre la tierra y veinte pisos por debajo, reforzada por sólidos bloques de metal que servían de paredes y pisos. La única luz que había era el azul verdoso de los vapores de mercurio.
Recuerdo la primera vez que entré a una casa de esta ciudad, abandonada por tanto cientos de miles de años que todo era piedra y polvo; pero las luces, bombillos hechos de un material eterno, seguían funcionando a partir de una energía sin interruptores ni cables. De resplandor blanco verdoso, como una luciérnaga me demostraba que todo en aquellos enormes edificios que solían ser apartapementos de color negro azabache era un gran monumento inerte de piedra, metales y polvo.
Encontré un mapa, grabado en un metal incorruptible. El Viejo Mundo se parecía mucho. Siete o incluso setenta millones de años no significan mucho para la Tierra.
Esa noche, contemplando las estrellas, noté que se apagaban una a una. Eso solo podía suceder si una luz más grande las opacaba y eso sucedió. Empezó a amanecer de un color que tal vez nadie había visto en el mundo hasta ese momento. Mientras contemplaba ese extraño cielo, comencé a comprender que, durante esos siete millones de años, el sol, nuestra estrella principal, había padecido una larga enfermedad y hoy era su muerte.
Y entonces, vi a los humanos de esa edad. Todos se encontraban en millares de navecitas que abandonaron silenciosamente el planeta, como miles de estrellas recortadas sobre el cielo rojo negro, lloviendo hacia arriba.
Como un huevo rompiéndose, como un hielo quebrándose, como una piedra desmembrándose, el sol estalló en varios pedazos. Un calor inmenso empezó a cocinar todo y mi traje, tanto que activó por emergencia el viaje temporal a este momento.

Bueno, esa fue su historia. No me dijo que era verdad, no dijo nada más al respecto. Guardó silencio en todo el viaje y me hizo pensar tanto que ni siquiera lo vi bajarse cuando paramos por gasolina. Pero no era un hombre común y corriente, ningún hombre común y corriente va a usar ese traje naranja y rosa todos los días, pero, te hace pensar que tenemos los días contados, al menos el planeta los tiene.
James afirma que no cree en el tipo, ya saben. Creo que él también vivió y murió, probablemente, en algún momento del siglo treinta y uno. Un espectador del crepúsculo de la civilización.

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