Versión de Grimoria a partir del original de
Arthur Machen
ME LLAMO Helena López . Mi padre falleció hace cinco años de una enfermedad del hígado. Un año más tarde, Francisco, mi único hermano, regresó a casa después de la Universidad y aquí se quedó. Él era un ermitaño, le gustaba leer a solas, evitaba la sociedad y se encerraba en la gran habitación del segundo piso a estudiar derecho. Nunca salía de allí y rara vez comía.
Hablé seriamente con él, le sugerí que se tomara un descanso, una tarde de ocio; pero él se rió. Me dijo que, cuando tenía ganas de distraerse, leía la normativa de propiedad, que es entretenida. No tardó en asomar una expresión de ansiedad en sus ojos, y por último confesó que no se encontraba completamente bien: padecía de vértigo y por las noches se despertaba, asustado y bañado en sudor frío por pesadillas horribles.
Muy en contra de su voluntad, conseguí llevarlo al doctor de la familia, el viejo doctor don Heriberto.
—No es nada grave —me dijo— lee demasiado, come deprisa y vuelve a los libros. Es natural, que, en consecuencia, tenga trastornos digestivos y alguna pequeña perturbación del sistema nervioso. Pero estoy convencido, señorita López, de que podremos arreglarlo. Le recetaré un “algo” para los nervios y todo estará bien.
Mi hermano insistió en que le preparara la receta un farmacéutico homeópata y yerbatero del barrio, al que le tenía confianza. Era un local extraño, viejo y desordenado, con extraños carteles cabalistas, alquímicos y esotéricos. A Francisco le gustaba hablar de conspiraciones extrañas con el dueño.
La medicina tuvo que ser encargada. No demoró mucho, pero, cuando llegó, era un polvo blanco de aspecto inocente, que se disolvía un poco en un vaso, desaparecía dejando el agua limpia e incolora.
Al principio, Francisco pareció mejorar notablemente y se volvió a sentir tan alegre como en sus tiempos del colegio.
—He dedicado demasiadas horas al Derecho —decía riéndose—; creo que me has salvado a tiempo. Bien, seré magistrado de todos modos, pero no debo olvidarme de vivir. Haremos un viaje, nos divertiremos y no me acercaré a nada que se parezca a las leyes.
Estábamos terminando de comer. Se bebió su medicina con gusto, como si fuera un trago de ron.
—¿Sabe raro? —pregunté.
—No, sabe a agua.
Se levantó de la silla y empezó a pasear de un extremo a otro de la habitación, como no sabiendo qué hacer.
—Me voy a dar una vuelta. Hace una tarde bellísima. Ese sol todo rojo, parece que la ciudad se estuviera incendiando. Ya vengo.
La puerta se cerró de golpe tras él y le vi caminar feliz por la calle, balanceando un bastón de bambú. Me sentí agradecida al doctor Heriberto por esta mejoría.
Fue tal el cambio de carácter de mi hermano, que en pocos días se convirtió en un amante de los placeres, en un indolente y en un asiduo de los barrios alegres, en un cliente fiel de los bares de buen tono, y en un crítico excelente de todo baile exótico. Empezó a llegar tarde, a la madrugada. Entonces pensé que lo había perdido en la vida bohemia. Me olvidé de nuestro viaje, pues ahora tenía nuevas amistades y una nueva vida.
Una tarde, estábamos comiendo sin encender las velas. Ví entonces, que en su mano, entre el pulgar y el índice tenía una mancha del tamaño de una moneda de cien pesos que, por su coloración, parecía un morado. Mi hermano me dijo que no se había golpeado, podía ser una reacción a la medicina, que no dejaba de tomarse todas las mañanas, medio días y tardes.
Pensé que, tal vez, Francisco estaba consumiendo algo más. Me escondí un frasco de su medicina y se lo llevé a don Heriberto. El doctor lo olisqueó y dijo -Parece sulfato de quinina, como usted dice; forma escamitas. Pero huélalo.
Me tendió el frasco, y yo me incliné a oler. Era un olor extraño, empalagoso, etéreo, irresistible, como el de un anestésico fuerte.
—Lo mandaré a analizar —dijo Haberden—. Tengo un amigo químico. Después sabremos a qué atenernos. No, no; no me diga nada sobre esa cuestión. Ahora no piense más en eso. Siga mi consejo y procure no darle más vueltas.
Al otro día el doctor nos visitó de sorpresa. Tenía una mirada perdida, ojos desorbitados y preguntó si podía ver a Francisco. Le dejé pasar y el doctor comenzó a subir las escaleras. Le oí llamar a la puerta, abrirse ésta, y cerrarse después.
Estuve esperando en el silencio de la casa durante más de una hora. La quietud se volvía cada vez más intensa, mientras giraban las manecillas del reloj. Luego, oí arriba el ruido de una puerta que se abría y el médico bajó.
Contuve la respiración, angustiada y al mirarme en un espejo me encontré terriblemente pálida. Entonces, don Heriberto dio unos pasos, y se quedó allí, de pie, sosteniéndose con una mano en el respaldo de una silla. El labio inferior le temblaba de emoción. Tragó saliva y tartamudeó una serie de sonidos ininteligibles, antes de hablar.
—He visto a ese hombre —comenzó, en un áspero susurro—. Acabo de pasar una hora con él. ¡Dios mío! ¡Y estoy despierto, con mis cinco sentidos! Me he enfrentado toda mi vida con la muerte y conozco las ruinas y la descomposición de nuestra envoltura terrena… ¡Pero eso no, Dios mío, eso no!
Y se cubrió el rostro con las manos para apartar de sí alguna horrible visión.
—No me mande llamar otra vez, señorita López —dijo, recobrando su serenidad—. Nada puedo hacer ya por esta casa. Adiós.
–
En las siguientes semanas no supe nada de Francisco, no se asomó fuera de su habitación.
Una tarde, venía entrando a la casa y me detuve en el antejardín un momento. Miré hacia la ventana de mi hermano, se abrió la cortina y algo dotado de vida se asomó a contemplar el mundo. Nada. No puedo decir si vi un rostro humano o algo que se le pareciera. Era una criatura viviente con dos ojos llameantes que me miraron desde el centro de algo deforme que constituía el símbolo, el testimonio del mal y la corrupción. Horribles tenazas aparecieron cerrando la cortina, escondiendo aquel sucio y feo animal. Durante cinco minutos permanecí inmóvil, sin fuerzas, presa de una angustiosa repugnancia y horror. Al llegar a la puerta, eché a correr escaleras arriba, hasta la habitación de mi hermano y llamé a la puerta.
—¡Francisco, Francisco! —grité.
Oí un ruido como de pies que se arrastraban, lentos y cautelosos y un sonido ahogado, estertoroso, como si alguien se esforzara por decir algo. Después, una voz pronunció unas palabras que apenas llegué a entender.
—Aquí no hay nada —dijo la voz—. Por favor, no me molestes. No me encuentro bien hoy.
–
Hay una señora que viene dos o tres veces por semana a hacer aseo en la casa —Estaba arreglándole la habitación señorita Helena —empezó— Estaba cambiando el tendido y de repente me cayó algo mojado en la mano.
La habitación donde dormía yo estaba debajo de la de mi hermano. Al entrar, me di cuenta de que temblaba. Miré hacia arriba. En el techo había una mancha de humedad negra, un charco empapaba la blanca ropa de mi cama.
Ambas subimos a la habitación de Francisco y golpeamos insistentemente.
Me puse a escuchar. Hubo un sonido ahogado; luego, un gorgoteo, como una especie de vómito, pero nada más. Llamé más fuerte, pero no contestó.
En ese momento el señor Heriberto nos visitó inesperadamente. Tenía los ojos desorbitados. Llegó y nos ayudó a forzar la puerta de Francisco. En su cadera llevaba un revólver de alto calibre.
Sentí una punzada fría en el corazón. Al entrar en la habitación, en el suelo, había una masa oscura, una plasta corrompida y amorfa, ni líquida ni sólida, que se derretía y se transformaba ante nuestros ojos con un gorgoteo de burbujas oleaginosas. Y en el centro brillaban dos puntos flameantes, como dos ojos. Y vi, también, cómo se sacudió aquella masa en una contorsión temblorosa, y cómo trató de alzarse algo que podía ser un brazo. Era una crisálida morbosa. Era una mutación esperando a ser.
El doctor desenfundó su revólver y disparó entre los dos puntos brillantes que eran los ojos. Una vez se acabaron las balas, continuó golpeando aquel ser por inercia, por supervivencia, por miedo, hasta que rompió el palo de escoba que había usado por instinto. Quiso quemar la casa, pero, por fortuna y por amor de Dios, se contentó con prender fuego a la masa gelatinosa que aún mostraba signos de vida.
–
Dos semanas después, recibí de nuevo al doctor Heriberto en mi casa. Él, me entregó un sobre: las últimas palabras de Francisco. No podía esperar. En cuanto se hubo marchado, rasgué el sobre y me leí el documento de un tirón. Aquí está:
Usted me conoce, don Heriberto, desde hace muchos años y sabe que soy hombre de ciencia. El polvo blanco que usted me ha recetado es algo muy diferente del medicamento que he consumido; es el polvo con que se preparaba el Vino Sabático, el Vinum Sabbati. Los secretos del verdadero Aquelarre databan de tiempos muy remotos y han sobrevivido hasta la Edad Media. De ese polvo se daba de beber a los neófitos que iban a ser sacrificados, quienes participaban de un sacramento infernal; sumentes calicem principis inferorum.
He vivido los goces más intensos y más vivos que los del ensueño, mediante la consumación de las nupcias sabáticas. He viajado a otros mundos en el más poderoso de los viajes psicodélicos. He experimentado los secretos de la existencia. Pero he despertado al gusano que nunca muere, el que duerme en el interior de todos nosotros.
El gusano ahora es un ser tangible y objetivo y que viste el ropaje de mi carne. A la medianoche, el ser espantoso que se oculta bajo mí, confirmará el nuptiae sabbati.
Doctor, le pido ayuda, desde mi deshumanizado cuerpo, he visto demasiado en este camino a la corrupta putrefacción que hoy cunde mi ser. El consumo constante de aquella droga me ha deformado, soy una abominación para la creación humana. Doctor, por favor, acabe conmigo, mientras aún me queda algo de cordura. Don Heriberto, si alguna vez tuvo algún cariño por mi familia, diríjase a casa, antes de que sea demasiado tarde. El demonio que he despertado quiere transformarse en una decrépita mariposa, para alimentarse de mi hermana, a quien este gusano horrible desea con grosero gusto. Es el odio que cargamos dentro hecho vida. Por favor, don Heriberto. Haga lo necesario.
FL.

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