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Ciencia Ficción, Terror y Fantasía

La profecía Gitana

Este es un relato corto de Bram Stoker de 1885. Es un relato escrito para navidad, por su rojo escarlata de sangre y una teatral presentación de una majestuosa pitonisa gitana. Al relato, le falta. Pueden ver la versión original, traducida por nosotros. En esta, el final es simplón, desmerita los verdaderos poderes de una…

Este es un relato corto de Bram Stoker de 1885. Es un relato escrito para navidad, por su rojo escarlata de sangre y una teatral presentación de una majestuosa pitonisa gitana. Al relato, le falta. Pueden ver la versión original, traducida por nosotros. En esta, el final es simplón, desmerita los verdaderos poderes de una de las magias más antiguas de la humanidad; una que ha caminado, como satanás, por cada rincón de la creación terrenal de Dios. En Grimoria queremos ofrecerles una apreciación literaria con ofrecerles la versión original del autor, traducida de aquella en inglés que se encuentra en el sitio: www.bramstoker.org

Esta es una versión lo más fiel posible. En compañía, queremos ofrecerles una propia reedición del relato: con sangre, desastres, gritos, maldiciones y poderes supernaturales; demonios y grimorios, hechiceros y brujas; todo lo que nos gusta del bello género del terror. 

Versión Grimoria 

Rojo sangre en una mancha que se hace cada vez más grande. Las burbujas, micro universos fractales de círculos infinitos, se reproducen y mueren en la superficie viscosa. Flotando sobre la malsana sustancia de la muerte está un anillo, roto en dos, por la mita exacta. El único ruido que se escucha es el largo e interminable grito de una mujer: terror, sorpresa y fatalidad. Esta es la radiografía de un crimen, de un asesinato, un homicidio, un sacrificio humano y este es el sueño que la reina gitana ya está hastiada, enferma, de repetir. Sus sacerdotisas, ayudantes y compañeras le atienden la terrible fiebre que siempre producen las premoniciones. 

Lo mejor es —dijo el doctor Gerardo— ir allí y mirar si en verdad no es un truco gitano para estafarte Joshua.

—De acuerdo —contestó Considine— iremos caminando allí, después de cenar, como excusa para fumar unos cigarros.

Y así, Joshua Considine y su amigo el doctor Gerardo Burleigh cruzaron el páramo, en camino al campamento romaní. María Considine les despidió de lejos, mirándolos alejarse entre la bruma naranja del atardecer. Desde los ojos de Joshua, ella parecía un fantasma escondiéndose entre el verde de la campiña inglesa en donde vivían. 

En esta hermosa noche de verano, en completa calma y felicidad serena, María se sentó al fino piano de mármol de la sala y tocó melancólicas notas para expresar su preocupación. A su alrededor, la mansión que habían terminado de construir era todo un museo: mágicos tesoros adornaban las paredes, las mesas, los estantes. Todos eran trofeos de guerra, capturados por Joshua Considine en sus viajes hacia la misteriosa India, la joya de la corona británica. En la sala, una gigante cabeza de buda había sido recortada de algún coloso indio, para poder ser transportada por mar. Joshua era un fanático de las armas, por eso tenía todas las que pudo comprar o saquear: mandobles, cimitarras, dagas, cuchillos y lanzas; todas forjadas antes de que la biblia se hubiera escrito.

En el campamento gitano, los niños jugaban fútbol con pelotas de harapos, los jóvenes apostaban con dados y maldecían en su idioma, a unos adultos jugaban dominó y bebían cerveza y algunos ancianos barajaban un Tarot observando la suerte. Todos, todos ellos, detuvieron sus bulliciosas actividades al ver a los dos jóvenes londinenses cruzar los límites de sus carpas. Una hermosa y dulce niña les cerró el paso a Joshua y Gerardo y preguntó qué sería lo que buscaban. 

—Nos dijeron que aquí ofrecían fortuna. 

—Cruza mi mano con plata y el misterio hablará por mis ojos.

Joshua sacó del bolsillo media corona y la alargó. Cuando la plata tocó su mano, la niña miró hacia el cielo con unos ojos sin pupilas; un espasmo esotérico, una posesión, una visión. Mientras la joven se contorsionaba, la vida y el bullicio retornó al campamento. Tras calmarse, la joven miró a Joshua y le dijo, serena pero muy seria:

—Mi mano debe ser cruzada con ORO.

Todos los que alcanzaron a escucharla, soltaron una carcajada. La niña sabía vender. Joshua temió una farsa, pero siguió el juego, pues estaba muy borracho tras vaciar una botella de ron en el camino. 

—De acuerdo. Toma, pero es suerte lo que compro, no palabrerías— y le alargó un anillo de oro de su mano.

Ella lo cogió, lo guardó en su bolsillo y dijo:

—No soy yo quien para darte buena o mala suerte, sólo leo lo que dicen las estrellas. O las manos.

Y se acercó a paso decidido y, muy suave, volteó su palma hacia arriba. La pequeña miró con esfuerzo cada seña, cada recodo de línea que se asomaba en la mano. Leyó, como si fuera un libro muy interesante, acercó los ojos. Autómata, se metió la mano al bolsillo, sacó el anillo y lo utilizó como la lupa de una tabla Ouija. Llegó a un punto, en la muñeca y comprendió. Asustada, lanzó la mano como si fuera hierro al rojo vivo y se marchó corriendo, alzó la cortina de la enorme tienda del centro del campamento y desapareció.

Allí duraron los dos jóvenes, de pie, hasta que comprendieron.

—Mera estafa—dijo con cinismo Gerardo.

Todos los otros gitanos se burlaron de nuevo y continuaron con sus actividades. 

Durante unos segundos cesó el alboroto, las risas y el ruido. Los hombres y las mujeres, ya estuvieran sentados, agachados en cuclillas o recostados, se pusieron de pie. Una mujer altiva, vestida en finas prendas de seda a la usanza romaní y con más de media docena de collares de diferentes metales y colores había salido de la carpa. Descalza, pisaba solamente una alfombra que estaban poniendo una serie de jovencitas: las sacerdotisas. 

—La mano, joven—dijo ordenando a Considine.

Tocando un trozo de oro de los muchos colgando de su cuello, la reina tocó la palma de Joshua y deslizó el dedo por todas las comisuras de esta. Empezó a leer cada uno de los detalles del señor Considine: cuántos caballos había perdido, cuántos hombres, cuánta violencia e injusticias había cometido. Mientras leía la vida de Joshua Considine, la reina gitana empezó a cambiar su voz. 

— Tres viajes a Afganistán y dos a India. Desacraste templos, acabaste con cultos arcaicos. Irrespetaste los espacios más sagrados. Dios ha ordenado y desde el cielo te ha sentenciado. No hay tribu que te reciba joven Joshua, morirás en soledad. Un río de sangre es lo que tendrás por el río de oro que has robado. No hay vida que no pague su pena. 

Y con ojos blancos gritó y gritó y la voz salía doble, triple. Su carne, rellena de espíritus y no de hueso, se ensanchó y se contrajo, hasta que una tormenta se asomó en el cielo. Palpitando el cielo, un trueno cayó cuando Joshua, escéptico como él mismo, quiso decir algo ante las palabras de la reina.

—Ni el amor verdadero te podrá salvar. Tu vida está condenada. Escucha los cielos que truenan mi verdad: estás condenado Joshua Considine. Matarás a tu esposa y ella te matará. 

Y el cielo tomó colores negros y grises. Terribles relámpagos asomaron en un nubarrón de remolinos terribles. El rostro de la reina no tenía ojos, pues de ellos había estado brotando sangre, cubriéndolos por completo, mientras ella seguía riendo y apuntando a Joshua con un dedo torcido y con tres anillos de oro, plata y cobre. 

A Joshua Considine le invadió la angustia cuando se lo contó a su esposa. María lloró y en un ataque de ansiedad consideró todo como cierto: él iba a acabar con ella. Era verdad, no era una superstición: el cielo se había tornado rojo y púrpura y las palabras de la anciana se escucharon en todo el valle: Matarás a quien amas y a quien amas te matará. Era la voz de Dios, María, que era muy, en extremo, religiosa; estaba convencida del presagio. 

En la mañana, María miró a su esposo dormir. Pensó un largo rato, dando vueltas entre la cama, hasta que lo decidió: era ella o él. A fin de cuentas, le odiaba, profundamente. Ella nunca había querido casarse con él, era él el que le había forzado, pagando una exagerada suma a su padre. Prácticamente, le había comprado. Y pensando esto vio que, sobre la mesa de noche, a manera de exótica decoración, se encontraba una daga de marfil. Este precioso objeto había sido tallado para el mismísimo Alejandro Magno. El emperador había cortado el nudo gordiano con este filo. Maravillosas escenas de guerra adornaban la daga y en la empuñadura se encontraban grabados hechizos egipcios para garantizar, al doliente que recibiera su estocada, paso seguro al inframundo. 

María empuñó la daga, sintió su peso y su filo y se dirigió al lecho de su marido. Lo había pensado toda la mañana: era la única forma de sobrevivir. Ella alzó el cuchillo y lo acercó poco a poco a la garganta desnuda de su marido, que soñaba tranquilo entre sus sábanas; pero Joshua abrió un ojo. 

Los reflejos de un hombre de guerra son automáticos. El modo de supervivencia del joven inglés entró en funcionamiento y con un pie empujó a su esposa de un golpe. Al levantarse arrojó las sábanas al rostro de su amada y, de pie, al otro lado de la cama, trató de entender el sentido de lo que sucedía. María, del otro lado dio un salto y arremetió con varias estocadas a su marido. Él cortó los golpes con un candelabro de su mesa de noche. El metal chocó con el marfil tres y cuatro veces, hasta que un trasgolpe de María arañó la cara del joven militar, que al sentirse al borde de la muerte respondió con un cabezazo que rompió la nariz de la joven. 

— ¿Qué te pasa?

Fue lo único que dijo, antes de que María desapareciera corriendo de la habitación. Dando fuertes zancadas, la joven llegó a otro escaparate, este con un pesado arco blanco y plateado, que descansaba en un pasillo. Este era el arco persa de Diana, la diosa de la caza, realizado por cien manos de diferentes artesanos griegos. Todos, utilizando plata, cobre, oro y una fina cuerda tejida de una flor de algodón que solo se abre una vez cada quince años. El bello arco, con terminaciones en marfil, contaba varias historias de la diosa, grabadas pieza por pieza, fue cargado con una flecha mongola, de la más fina manufactura, adaptada para el combate y la muerte. 

María se preparó, recordó la postura de lanzamiento, recordó la correcta alineación entre la flecha y el ojo y llamó a Joshua, esperándolo pacientemente tras una esquina, con el arco tendido. 

Joshua no persiguió a su esposa, entró a su vestidor, de donde se podía percibir el acero damasco de la mítica espada de Saladino. Esta, forjada por maestros árabes, pero perfeccionada por herreros occidentales, fue santificada por la iglesia y por un poderoso Imam. Brillantes rezos musulmanes adornan toda la hoja, tan fuerte como para talar un árbol; tan ligera como una hormiga. Al tomarla, la espada cortó el aire, haciéndole sonar finamente. 

Gerardo apenas había abierto los ojos. En la cocina, se sirvió un vaso con agua y, desde allí, pudo ver a María tensando el arco. Tres flechas pasaron tras el craneo de Joshua que salía de una esquina. Joshua lanzó fuertes golpes, bloqueados por María con las partes de marfil del arco. Dos o tres ataques laterales fueron suficientes para que María perdiera el equilibrio, algo que Joshua aprovechó para aplicar una barrida técnica y lanzarla al suelo. Una vez allí,  el joven militar lanzó una estocada final, apuntando al cuello de María.

—Oigan!

Les gritó Gerardo pero la fuerte querella se había vuelto animal, salvaje, entre los choques entre acero y marfil. Una patada de María le había ganado tiempo suficiente para rodar hasta que chocó con una pequeña mesa en la sala con dos cuchillas en un pedestal.

Las dagas de Set. Estas habían pertenecido a la guardia real de Cleopatra, seis invencibles mujeres guerreras que asesinaban en la oscuridad de la noche. Las dagas, dice la leyenda, no tocaban la piel, pues, con ayuda del veneno de 333 serpientes y de saliva tóxica de toda suerte de animal peligroso y ponzoñoso, toda carne entraba en putrefacción antes de tocar la hoja. María tomó una de la mesa y la arrojó al rostro de su esposo. 

La cuchilla pasó a escasos milímetros del ojo, antes de ser desviada por la espada. Pero este contacto era suficiente. La carne de Joshua se quemó, ardía tenazmente por un veneno de 2000 años de maduración. El ojo había recibido el mayor impacto, su visión había dejado de responder y Joshua exclamó un terrible alarido. 

Gerardo, el doctor, cruzó la casa esquivando flechas, hojas de míticas navajas, piedras, mesas, todo lo que los dos amantes se lanzaban y con lo que batallaban y se abrían rasguños, heridas, golpes y traumas. Gerardo salió de la casa y corrió al campamento romaní. 

Los gitanos todos estaban sentados alrededor de la carpa más grande. Todos gritaban, lanzaban billetes al suelo, que otros recogían y devolvían o canjeaban. Maldiciones y apuestas volaban por el aire. En secreto, Gerardo pudo ver el centro de toda la cuestión: una bola de cristal brillaba en medio de la muchedumbre, transmitía, en vivo y en directo, por alguna fuerza mística, la pelea a muerte entre Joshua y María. 

El doctor entró, bajo el máximo sigilo, en la carpa de la reina y allí pudo ver, entre varias sacerdotisas a la señora de poderes místicos. Una luz verdusca daba un tinte maléfico a las púrpuras telas de la carpa. En el medio: la reina conjuraba el odio. Gerardo no entendía una palabra de lo que se decía, pero el lenguaje era universal: era la llamada de la muerte, en el tono indicado, en el ambiente indicado. No es necesario saber de ritos, cuando se siente el hado terrible de un conjuro maléfico. 

Entonces, con toda su voluntad y amor, Gerardo corrió hacia la reina, la empujó y detuvo el tenaz ritual. Todas las mujeres de la carpa gritaron y la bulla y algarabía de fuera, se silenció. Todos se lanzaron a apresar al joven médico que lanzaba golpes con los pies, pataleando, tratando de no irse. 

En casa de los Considine, María corría por el camino del frente, gritando, pidiendo ayuda, pues Joshua blandía un enorme cuchillo Gurja. Este perteneció a la guardia de algún Majará desconocido. Estos guardias eran seres de dos metros y medio, gigantes seleccionados especialmente de las tribus nómadas. Los terribles Gurjas forjaban estos pesados mandriles de cobre una vez eran inmunes al dolor emocional de la muerte. Era posible partir una oveja en dos con uno de ellos.

Joshua cortaba todo a su paso, por rabia, por desespero. Cuando María le vio romper la puerta francesa que daba al exterior, gritó aún más fuerte. El rostro de Joshua estaba desfigurado por el calor de la batalla y una expresión de desespero, de locura, irradiaba su cara. Árboles, sillas, todo caía bajo el camino de destrucción que el joven inglés dejaba a su paso. María se encontró acorralada, desarmada y desesperada. Joshua solo gritaba su nombre y se acercaba, a paso seguro, a finalizar la tenaz batalla que había sucedido. Él levantó su cuchillo y lo blandió con todas sus fuerzas. María, desconsolada, solo levantó una mano para protegerse. 

La cuchilla tocó el anillo, que rompió al instante. Como un hechizo, como una tormenta que cesa de repente, como una canción que es interrumpida, el odio, la violencia y el terror desaparecieron. Ríos de sangre habían corrido, el rojo carmesí resplandecía con los tonos del sol del atardecer y un anillo, roto en dos yacía en el suelo. 

La profecía había logrado su cometido. El destino se había manifestado y los esposos, en un fraternal abrazo, olvidaban que habían querido destajarse a cuchillazos hace solo unos instantes. 

Gerardo, que venía caminando a paso lento, con el rostro púrpura de la paliza que le habían dado los gitanos, los saludó, alegre, desde lejos. Todo había regresado a la normalidad y la premonición maldita, el terrible destino, había mostrado su rostro. 

Era el final del presagio. La cruel profecía había fallado. 

Version Bram Stoker 

Versión Bram Stoker 

Traducción por Daniel Torres

“Yo en verdad creo,” dijo el doctor, “que, en cualquier momento, uno de nosotros debería ir y mirar si esta cosa es una farsa.”

“Me parece.” dijo Considine. “Después de cenar, fumamos unos cigarros y pasamos un rato por el campamento.”

Tal y como lo dijeron, cuando la cena comieron y los postres degustaron, Joshua Considine y su amigo, el doctor Burleigh, al lado este del pantano caminaron, donde el campamento gitano avisaron. Mientras se iban, la señora Considine, que los había acompañado, caminado hasta lo más lejano del jardín, donde habían abierto una carretera, llamó a su marido:

“Mira, Joshua, sé que les estás dando una oportunidad y todo eso; pero no les creas ni una pista de lo que digan de tu fortuna y, por favor, no coquetees con ninguna de esas señoritas gitanas. Y, por amor de dios, aleja a Gerardo de cualquier peligro”. 

Como respuesta, el señor Considine levantó su mano, como si estuviera dando un juramento en tarima y silbó en el aire una canción que ambos reconocían bien: “La Condesa Gitana”. Gerardo le siguió el coro y ambos estallaron en risas. Los dos hombres cruzaron el jardín y se despidieron de María, que yacía ahí, de pie, a la media noche, en la entrada de la finca, mirándolos. 

Era una muy linda noche de verano; el aire estaba lleno de descanso, alegría silenciosa y un tipo de paz y tranquilidad, que solo podía venir del cielo que era el hogar de la joven pareja casada. La vida de Considine no había sido un muy recorrida. El único elemento desagradable que alguna vez le había sucedido había sido su cortejo a María Winston, su esposa y el largo y continuo rechazo de sus ambiciosos padres, que solo esperaban una pareja más brillante para su única hija. 

Cuando el señor y la señora Winston descubrieron la relación de su hija con el joven abogado, habían tratado de enviarla de viaje cada vez más lejos, haciéndola prometer no escribirse con su pareja durante su ausencia. El amor, por su puesto, había soportado esta prueba. Ni la ausencia ni el rechazo parecían apagar la pasión del joven y los celos parecían una cosa ajena su naturaleza sanguínea; que, después de un periodo de espera, los padres se habían rendido y la joven pareja se había basado. 

Habían vivido en una cabaña unos cuantos meses y estaban empezando a sentirse en casa. Gerardo Burleigh, el compadre de Joshua, que también fue víctima de la belleza de María, había llegado hace una semana, para quedarse con ellos tanto como se podía dar el lujo de escapar de su trabajo en Londres. 

Cuando su marido había desaparecido de vista, María regresó a casa y, sentándose en el piano, le regaló una hora a Mendelssohn.

Era solo una pequeña caminata por el campo y, antes de una segunda ronda de cigarrillos, los dos hombres llegaron al campamento gitano. El lugar era tan pintoresco como los campamentos de gitanos usualmente son, cuando están en aldeas y los negocios van bien. 

Había algunas personas reunidas alrededor de un fuego, invirtiendo su dinero en profecías y un largo número de otros, más pobres o más parsimoniosos, que estaban más lejos, en las sombras, pero pendientes de lo que sucedía. 

Mientras los dos señores se acercaban, los aldeanos, que conocían a Joshua, dieron paso a un pequeña y bella gitanita de ojos claros, que se tropezó antes de preguntarles si querían saber su fortuna. Joshua levantó su mano, pero la niña lo ignoró y le dirigió una muy fea mirada. 

Gerardo le susurró, tras darle un golpe con el codo:

“Debes tocar la mano de la niña con plata,” dijo. “Es una de las partes más importantes del misterio.” 

Joshua sacó de su bolsillo una media corona y la sostuvo frente a ella, pero, sin mirarle, la niña respondió:

“Debes cruzar mi mano con ORO”.

Y Gerardo se risoteó “Eres todo un Premier, mi amigo”, dijo. 

Joshua era el tipo de hombre que puede tolerar el mal ojo de una pequeña y dulce niña; así que, tras pensarlo un poco respondió:

“Está bien, corazón, toma; pero dame una muy buena fortuna por ella.” Y le estiró una corona de oro; que ella tomó diciendo:

“Yo no puedo dar una buena o mala fortuna, solo sé leer lo que las estrellas escriben.” Y tomó su mano derecha y la volteó hacia arriba; pero en el instante en el que sus ojos se chocaron, ella la soltó como su hubiera estado caliente, hirviendo, hierro al rojo vivo. Y, con una mirada de impresión, le dio la espalda y se marchó, levantó la cortina de la carpa más grande del centro del campamento y desapareció. 

“Vendido!” dijo el cínico Gerardo. Joshua se quedó en su lugar, sorprendido, pero no satisfecho. Ambos se quedaron allí, en silencio, mirando la larga carpa. En unos momentos no emergió de ella la dulce niña, sino una majestuosa señora adulta y de presencia imponente. 

En el instante en el que ella apareció el campamento entero se detuvo. El clamor de lenguas, la risa y el silencio de gente trabajando, por un segundo o dos, cesó y todo hombre o mujer que yacía sentado, acurrucado o acostado se levantó y miró a la gitana de mirada imperial. 

“La Reina, por supuesto,” murmuró Gerardo. “Somos muy afortunados.” 

La reina gitana lanzó una mirada al campamento y entonces, sin dudar un instante, caminó y se detuvo frente a Joshua. 

“Levanta tu mano,” le dijo en tono dominante.

De nuevo Gerardo habló, en voz baja: “No me han hablado de esa manera desde que estaba en el colegio.” 

“Mi mano debe cruzarse en oro.” 

“100% en su juego ¿No?” susurró Joshua, que puso otra moneda en su mano.”

La gitana miró a su mano con cejas pobladas; súbitamente miró a sus ojos y dijo:

“¿Qué tan fuerte es tu voluntad? Dime, débil hombre ¿Tienes el corazón para proteger a aquella a quien dices amar?”

“Yo espero tenerlo; porque no tengo la vanidad para decir que sí”.

“Entonces tengo una respuesta para ti; pues he leído resolución en el desespero ¿Tienes mujer que amar?”

“Sí” dijo enfático.

“Entonces déjala hoy y nunca veas su rostro de nuevo. Déjala hoy, cuando el amor está fresco y tu corazón está libre de malas intenciones ¡Ve rápido, ve lejos y nunca la veas de nuevo!”

Joshua retiró su mano y le dijo, “Gracias”. suave y sarcásticamente y se alejó. 

“Yo digo” dijo Gerardo “Que no les va a gustar eso, viejo amigo; no hay razón para ser indigno con las estrellas y sus profetas y, más que todo, tu patrimonio…

“Silencio Ribaldo!” comandó la reina “ya sabes qué hacer. Déjalo y vete. Ignorante él, que ha sido avisado.” 

Joshua inmediatamente se giró y la enfrentó y le dijo “Mire, señora, vamos a dejar esto claro” dijo “usted me ha dado una advertencia, pero yo le pagué por fortuna.”

“Tenga cuidado!” dijo la gitana. “Las estrellas han guardado silencio; deje que el misterio se desenvuelva.”  

“Mi señora, no me llevo bien con eso del misterio de todos los días y preferiría valerme de mi conocimiento monetario más que por su ignorancia. Si quisiera ignorancia, la puedo tener gratis todos los días.” 

A Gerardo le pareció chistoso y dijo: “Yo de esa tengo un montón en bodega.” 

La reina gitana miró a ambos hombres severamente y dijo “Como quieras. Es tu decisión. Has recibido una advertencia con desdén, grosería y ligereza ¡Menos mal la perdición cae sobre el pescuezo propio y no el ajeno!”

 “Amén” dijo Gerardo.

Y con un gesto impetuoso, la reina tomó la mano de Joshua y reveló su destino:

“Veo ríos de sangre; fluirá muy pronto; ella corre en mi visión. Ella, la sangre, fluye en el agujero vació de un anillo roto.”

“Ajá ¿Y qué más?” dijo Joshua, en tono hipócrita y sonriendo. Gerardo estaba en silencio.

“¿Debo hablar más claro?”

“Por favor; nosotros los mortales preferimos lo concreto. Las estrellas están muy lejos y, en el camino, teléfono se rompe.” 

La gitana se exasperó y dijo dramáticamente. 

“ESTA ES LA MANO DE UN ASESINO, de un hombre que asesinará a su mujer”. Y soltó su mano y le dio la espalda. 

Joshua empezó a burlarse: “Sabes algo?” dijo “Si fuera tú, le agregaría algo de jurisprudencia. Diría algo como: esta es la mano de un PRESUNTO asesino. Esas cosas las declara un juez, las estrellas no tienen esa potestad ¿sabes?”. 

La gitana ni entendió a qué se refería, pero con paso seguro e ignorando los otros gritos de Joshua, se acercó a la tienda, levantó las cortinas y desapareció. 

Los gitanos los miraron mal, nadie hizo un solo sonido hasta que ellos salieran del campamento. 

“Por supuesto, viejo, que esto es una broma; una muy oscura, pero una broma ¿Pero no nos lo podemos quedar para nosotros?”

“¿Cómo así?”

“Pues, no le digas a tu mujer. Se alarmará.”

¿Alarmarla? Mi querido amigo ¿De qué hablas? Ella no se alarmaría ni porque las gitanas dijeran que la iban a asesinar, e incluso nada le asusta, salvo el nombre de “Jack Robinson”, su ex.

Gerardo le contrarió: “Viejo, las mujeres son mucho más supersticiosas que los hombres; y, también, están bendecidas o, más bien, maldecidas, con un sistema nervioso al que somos extraños. Lo veo tan seguido en mi trabajo que es tonto no aceptarlo. Toma mi consejo: no le digas nada, que la asustas.” 

Los labios de Joshua inconscientemente se endurecieron mientras respondía: “Mi querido amigo, yo no le guardaría un secreto a mi mujer. ¿Por qué? Sería el principio de un nuevo orden de cosas entre nosotros. No tenemos secretos entre nosotros. Si alguna vez tuviéramos, entonces podrías empezar a encontrar algo raro entre nosotros.” 

“Mi amigo” dijo Gerardo “Bajo el riesgo de querer darte un consejo nunca pedido, soldado advertido no MUERE en guerra.”

“Hablas igual a esa gitana” dijo Joshua “Se ve que ella y tú están en el mismo equipo. Dime, viejo amigo, ¿Es esto alguna clase de broma? Tu fuiste el que me dijo sobre el campamento de gitanos ¿Acaso lo arreglaste todo con descaro?” Joshua dicho esto con decoro. 

Gerardo le aseguró que del campamento hace muy poco escuchó; pero de su amigo se burló y en el proceso de esta artimaña, bebiendo les cogió la mañana y a dormir fueron a su cabaña.

María estaba sentada en el piano, pero sin tocarlo. La oscura luz crepuscular le había hecho despertar. Y emociones en su pecho le hicieron tal malestar, que al ver a su marido le atajó de un solo alarido y besó al que de licor había embravecido. 

Joshua adoptó una actitud trágica. 

“María” dijo una profunda voz, “antes de recibirme, escucha las palabras del Destino. Las estrellas han hablado y el hado está sellado.”

“De qué hablas mi amor? Dime tu fortuna, pero no me asustes.”  

“No te preocupes, mi vida; pero hay una verdad que debes conocer. No, es necesario que, si tienes que tomar alguna decisión, la hagas con cabeza fría y te tomes tu tiempo.”

“Ay Dios mío ¿Qué pasó?”

“María Considine, aún no te he mandado a hacer una villa, pero las Juris-imprudentes estrellas anunciaron que sus fatales noticias sobre esta mano, que estará cubierta de tu sangre. María, María, por Dios”. Él intentó atraparla, pero fue muy tarde, pues un desmayo no tardó en acariciarla. 

“Te lo dije” dijo Gerardo. “No las conoces tanto como yo.”

Después de un momento, María se recuperó de su desvanecimiento; pero entró en una fuerte histeria, de su destino se reía, lloraba, embravecía, deliraba y gritaba, “Aléjelo de mí, lejos, Joshua, mi marido” y muchas otras palabras de súplica y de miedo. 

Joshua Considine estaba en un estado mental al borde de la agonía y cuando, al fin, María se calmó, él se arrodilló y en los pies le besó y las manos le tomó y el cabello le acarició y por su nombre la llamó y dulces nombres le apodó y todas las bellas y dulces palabras de sus labios exclamó y toda la noche junto a su cama se sentó y la mano le amancebó. Profundo en la noche y hasta la madrugada el sueño no conciliaba y en terrores gritaba, hasta que entró en confianza y en conciencia de que su marido le acompañaba.  

El desayuno fue tardío, pero durante él Joshua recibió un telegrama en el que se le requería viajar hasta Withering, cerca de casi veinte millas. Él tenía pereza de ir; María no quería que se fuera y entonces, antes del anochecer, arrancó solo en su carro de perros. 

Cuando se hubo ido, María se retiró a su habitación. Ella no quiso almorzar, pero en la tarde el té fue servido en el prado, bajo el Sauce Llorón de, ella llegó a acompañar a su huésped. Ella se veía ya muy recuperada de la enfermedad de su pasada noche. Después de algunos comentarios casuales, le dijo a Gerardo: “Por supuesto fue una tontería lo de anoche, pero no podía evitar sentirme asustada. Por supuesto que no voy a creer en eso, si me pongo a pensarlo bien. Pero, después de todo, esta gente solo imagina cosas y tengo que probarles que esa predicción es muy difícil que se cumpla y que es falsa, que es una farsa”. Ella agregó tristemente. 

“Cuál es tu plan?”

“Voy a ir a ese campamento de gitanos yo misma y voy a hacer que me lea mi fortuna, la misma reina.”

“Capital! ¿Puedo ir contigo?”

“Oh no! Eso lo arruinaría todo. Ella así sabría quién eres y cambiaría su predicción respectivamente. Tengo que ir sola esta tarde.”

Cuando pasó la tarde María Considina tomó rumbo hacia el campamento gitano. Gerardo fue con ella hasta el puro borde del campo y regresó solo. 

Pasó media hora cuando María entró en la sala, donde Gerardo estaba leyendo en un sofá. Ella estaba pálida y en un estado emocional extremo. A penas había pasado por la puerta cuando colapsó y se derrumbó en la alfombra con un quejido. Gerardo corrió a auxiliarla, pero con un gran esfuerzo, ella se controló y le dijo que hiciera silencio. Él esperó y le atendió, hasta que ella recuperó y fue capaz de decirle lo que escuchó. 

“Cuando llegué al campamento,” dijo, “parecía que no había un alma allí. Fui hasta el centro y me quedé ahí parada. De repente, una señora altísima se detuvo frente a mí. “Algo me dijo que era solicitada” me dijo. Y estiré una pieza de plata en mi palma. Ella tomó de su cuello un trozo de oro en un cuero; y entonces, tomando los dos, los lanzó al río y los dejó correr.  Entonces tomó mis manos entre las suyas y me dijo: “Nada más que sangre en este lugar culpable” y se retiró. Yo la detuve y le rogué que me dijera más. Y después de vacilar, dijo: “Pobre de mí, que solo te veo a ti, tu cuerpo a los pies de tu marido yace, pues con sus manos rojas de sangre él se complace.”

Gerardo no se sintió bien, pero trató de burlarse:

“Seguro” dijo “esta mujer está loca por el crimen”. 

“No te burles” dijo María “no lo soporto” y entonces, con un impulso súbito, abandonó la habitación.

Al rato, Joshua regresó, brillante y alegre y hambriento como un cazador con su presa. Su presencia alegró a su esposa, que se veía mucho más jovial, pero no le mencionó de su visita al campamento gitano así que Gerardo no lo mencionó tampoco. Como si por tácito consentimiento el tema no fue aludido durante la tarde. Pero había un extraña, resuelta mirada en el rostro de Mary, que Gerardo no paraba de observar. 

En la mañana Joshua bajó a desayunar más tarde de lo usual. María había estado de arriba para abajo en la casa desde temprano; pero mientras pasaba el tiempo, ella parecía ponerse un poquito nerviosa y aquí y allí lanzaba una que otra mirada ansiosa. 

Gerardo no podía evitar darse cuenta que ninguno de los otros había disfrutado el desayuno o que estaba satisfecho con su comida. No era que las chuletas estuvieran duras, era que los cuchillos no tenían filo. Al ser un invitado, casi no se dio cuenta; pero vio a Joshua pasar su pulgar sobre el filo de su cuchillo de una manera inconsciente. Sobre aquella acción, María se puso pálida y casi se desmayó. 

Después del desayuno, todos salieron al prado. María estaba haciendo un ramo de flores y le dijo a su marido: “Tráeme unas de esas rosas de té, mi amor”. 

Joshua tomó un racimo del frente de la casa. La rama se dobló, pero era muy fuerte para romperse. Él metió su mano en su bolsillo, buscando un cuchillo; pero en vano. “Dame tu cuchillo, Gerardo” dijo. Pero Gerardo no tenía ninguno, entonces se fue hasta el comedor y tomó uno de la mesa. Él salió de allí mirando el filo y refunfuñando. “¿Qué carajos ha pasado que todos los filos de los cuchillos han sido alisados?” María se dio vuelta y entró en la casa apresurada. 

Joshua trató de cortar el racimo con el cuchillo desafilado como le cortan el pescuezo a las gallinas, como los niños rompen los barriletes. Con poco esfuerzo logró su tarea. El racimo de rosas era espeso, así que él quiso reunir un montón grande. 

Él no pudo encontrar ningún cuchillo afilado en la cocina, entonces llamó a María y cuando ella vino, le dijo lo que sucedía. Ella se veía tan agitada y miserable que no pudo sino intuir la verdad y, pasmado y herido por la verdad, le preguntó:

“Quieres decir que tú lo hiciste?”

“Ay mi amor, tenía tanto miedo…”

Él pausó y pensó, blanca tez cayó sobre su rostro: “María” dijo él “¿Esta es toda la confianza que me tienes? Me niego a creerlo.”

“Ay Joshua, mi amor,” lloró ella suplicante, “perdóname” y lamentó amargamente. 

Joshua pensó un momento y dijo: “Ya sé cómo será entonces. Mejor terminemos o todos nos volveremos locos.”

Y corrió hacia la casa. 

“¿A dónde vas?” casi gritó María. 

Gerardo entendió lo que él quería: no estar obligado a usar cuchillos sin filo por fuerza de una superstición y no se sorprendió cuando salió a través de la puerta francesa de la casa, blandiendo en su mano un largo cuchillo Ghourka, que usualmente yacía en la mesa de centro de la sala y que había traído su hermano del norte de la India. Era uno de esos grandes cuchillos de caza que ocasionaron tanta destrucción a corta distancia con los enemigos de los leales Ghourkas durante la rebelión india, de gran peso pero tan bien balanceado que era ligero su manejo y mortal su filo de navaja. Con uno de estos cuchillos, un Ghourka podía contar una oveja en dos. 

Cuando María lo vio salir de la habitación con el arma en su mano, gritó de agonía y espanto, toda la histeria de la noche anterior había sido renovada. 

Joshua corrió hacia ella y, viéndola desmayarse, lanzó el cuchillo y trató de agarrarla. Sin embargo, fue un segundo muy tarde y los dos hombres gritaron de horror simultáneamente mientras le veían caer sobre el filo desnudo del arma. 

Cuando Gerardo se acercó, encontró que el filo había cortado una vena y que la sangre brotaba libre de la herida. Mientras trataba de cerrar la herida, le apuntó a Joshua que el anillo de bodas había sido rajado por el acero.

La llevaron desmayada hacia la casa. Cuando, después de un rato, ella salió, con el brazo vendado, en un estado de paz y felicidad, le dijo a su marido:

“La gitana estaba increíblemente cerca de la verdad; demasiado cerca para que aquella cosa pueda suceder ahora, mi amor”. 

Joshua se acercó y besó su herida. 

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