KOJI SUZUKI
Los espíritus nos hablan desde lugares muy distantes, con intenciones muy distintas. Koji Suzuki es reconocido por sus historias de fantasmas, de muertos que regresan para atormentar a los vivos o para llevarlos al otro mundo. De esta mente maestra proviene El Aro (Ringu), una oscura novela sobre nuestro fantasma favorito del Japón de los 2000, Sadako. Este cuento también fue llevado al cine, en una producción del 2003 llamada Dark Water y otra estadounidense del 2008. Nos pone a pensar sobre aquellas personas que han habitado apartamentos en arriendo y han dejado horribles historias allí.
Pensando de nuevo en beber el agua de la llave, Yoshimi Matsubara acercó el vaso a la luz fluorescente de la cocina. Girándolo justo por encima del nivel de los ojos, vio pequeñas burbujas flotando en él. Había innumerables partículas de suciedad que podrían haber entrado en el agua o formar un depósito en el fondo del vaso. Pensó mejor al tomar un segundo trago y con una mueca vertió el agua por el fregadero. Simplemente no sabía igual.
Ya habían pasado tres meses desde que se mudaron de su casa alquilada en Musashino a este edificio de apartamentos de siete pisos que estaba en un vertedero, pero ella todavía no podía acostumbrarse al agua de la llave. Daba un sorbo por costumbre, pero el extraño olor, que ni siquiera se parecía a la cloramina, atacaba sus fosas nasales y casi siempre le impedía terminar el vaso.
¿Mami? ¿Podemos prender la pólvora? – preguntó su hija Ikuko, ahora de casi seis años, llamando desde el sofá de la sala. Abrazaba un paquete de fuegos artificiales en miniatura que una amiga le había regalado.
Anochecía un domingo de finales de agosto. Impulsada por la oscuridad cada vez más profunda, Ikuko le suplicó a su madre.
Entonces madre e hija se dirigieron al ascensor del cuarto piso con una caja de fósforos, una vela y una bolsa de plástico que contenía los fuegos artificiales. Apretaron el botón de subir y esperaron al ascensor, que llegó con un doloroso gemido. Cuando entraron, Ikuko dijo, imitando a un ascensorista:
Bienvenida, señora. ¿Qué piso necesita?
Llévame hasta el séptimo, por favor, siguió el juego Yoshimi.
—Muy bien, señora. Ikuko se giró para presionar el botón del séptimo piso, solo para descubrir que no podía alcanzarlo. En ese momento, las puertas del ascensor comenzaban a cerrarse automáticamente. «Lástima», dijo Yoshimi y presionó el botón del séptimo piso.
Cada vez que usaba el ascensor, las superficies negras y ampolladas de los botones del piso la hacían sentir triste. Alguien había usado un cigarrillo para quemar los botones del primer al séptimo piso.
Cuando el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron, la bahía de Tokio se extendió frente a ellos, iluminada como estrellas en la noche. Salieron al pasillo y vieron cuatro apartamentos a la izquierda y cuatro a la derecha del ascensor, pero ninguno de ellos mostraba ningún signo de ocupación. Estaban viejos, raídos, abandonados hace más de un año. El estado le dió un punzón de tristeza a Yoshimi, que estaba acostumbrada a mejores lujos.
Yoshimi examinó el séptimo piso, desierto en busca de una escalera que condujera a la azotea. Allí estaba, a la derecha del ascensor; el techo sería sólo un piso más arriba. Sosteniendo la mano de su hija, Yoshimi subió las empinadas escaleras de cemento. Junto a la sala de máquinas del ascensor, había una puerta de hierro de aspecto pesado. Ambas la empujaron, haciendo un pesado ruido.
En el suave crepúsculo sin brisa, en este muelle en el aire, Yoshimi e Ikuko encendieron sus fuegos artificiales. Los chorros rojos se encendieron en la oscuridad cada vez más profunda, se perdían en el cielo. Debajo de ellos, a la derecha, las negras aguas del canal parpadeaban con la luz reflejada por las farolas y enfrente estaba el Puente Arcoíris casi terminado para unir Shibaura con Daiba. La parte superior del puente colgante, delineada con semáforos rojos, brillaba como verdaderos fuegos artificiales.
La veintena de bengalas se convirtió en cenizas carbonizadas y entonces lo descubrieron, ambas en el mismo momento. En lo alto donde se encontraba el tanque de agua del edificio, en el pequeño desagüe que corría al pie de esta pared, había lo que parecía una lonchera de tela. No parecía que la hubieran dejado caer, sino que la habían colocado allí, a propósito.
Fue Ikuko quien la recogió. La niña dejó escapar un leve grito de sorpresa, corrió hacia él y lo agarró.
«Es Kitty», señaló.
Era difícil de ver en la oscuridad, pero contra el resplandor de las farolas de abajo, el logotipo de Hello Kitty era visible en la bolsa de vinilo barata.
«Dámelo», regañó Yoshimi. Ikuko, quien estaba tratando de abrir la cremallera de la bolsa para ver qué había dentro, sintió que su mamá se la quitó.
Yoshimi sintió un bulto dentro de la cartera, viscosa y húmeda por el abandono. Ella pensó en mil cosas desagradables y podridas que debieron estar en su interior, soportó la curiosidad por el asco que le daba untarse con lo que fuera que mantenía húmedo el accesorio. Pensó que lo mejor era entregarla en la administración del edificio al superintendente, el sr. Kamiya.
–
Tan pronto como Yoshimi le entregó la bolsa, el Sr. Kamiya abrió la cremallera y vació el contenido en la parte superior del mostrador de la oficina. Adentro había un vaso de plástico rojo brillante con el mismo motivo de Kitty de la bolsa, una rana de cuerda de plástico y un osito con un anillo de playa. Eran juguetes de baño. Todo estaba completamente seco.
«Qué extraño», dijo el señor.
‘Sr. Kamiya, usted mencionó que una familia solía vivir en el segundo piso… ¿Será esto de ellos?’ dijo Yoshimi.
Kamiya miró sorprendido y dijo ‘Ah, sí. Pero ya han pasado dos años…’
‘¿Dos años? Pensé que había dicho que se mudaron el año pasado.
El superintendente encorvó la espalda y comenzó a rascarse el tobillo.
‘Bueno, sí. No se mudaron totalmente hasta junio pasado. El papá de la familia no pudo soportar la pérdida, creo que al final tuvo una enfermedad que se lo llevó del apartamento’.
La bolsa de Kitty, que no tenía una mota de polvo o suciedad, tan nueva como si acabara de ser comprada en la tienda, no tenía signos de haber sido abandonada hace un poco más de un año. Muy diferente a como la habían encontrado la noche anterior. No era por la noche, Yoshimi no bebía, ni consumía drogas. La bolsa había sido encontrada en un peor estado del que estaba ahora.
‘De pronto algún niño que visitó a alguien subió a la azotea y la perdió. Es nueva. La pondremos en la recepción a ver si alguien la reclama. Si el dueño no aparece, Ikuko, entonces podrías quedarte con la bolsa, ¿no?’ el Sr. Kamiya le sonrió a Ikuko.
–
A la semana siguiente, el lunes, la mañana fue lenta. Ikuko entró en la pequeña recámara con una moña rosa y le pidió a su madre que le recogiera el cabello. Yoshimi la peinó y jugaron y compartieron tiempo. Eran felices, solo las dos, mucho más de lo que habían sido en su lujosa casa. La música de los créditos de Pokémon le dijo que era hora de irse. Ikuko abrió la puerta y corrió hacia el ascensor para presionar el botón de bajar.
Pasando por la recepción vieron algo. La bolsa roja estaba en el mostrador, decía:
Objeto abandonado en la terraza. Cualquier información sobre el propietario, comunicarse con el señor Kamiya, superintendente.
La bolsa de color rojo brillante parecía simbolizar llamas, ardiendo en el sol de plena mañana. Algo gritaba desesperación, no era un objeto que buscaba a su dueño, era un objeto que hablaba por su dueño. Mientras miraban el bolso, el señor Kamiya salió del mostrador:
“Ikuko, no creo que nadie reclame la bolsa. Si quieres llévatela”. Le dijo el señor Kamiya a la niña.
A Yoshimi no le gustaba la idea de ver a la niña con ese misterioso objeto, entonces arrojó la bolsa a la basura una vez salieron del edificio. La niña lloró, pero Yoshimi no le puso cuidado, era un objeto raro y sospechosamente peligroso.
–
Esa noche Yoshimi soñó mal. En sueños, ella nadaba entre un tanque de agua bastante oxidado. Cuando abría los ojos, Yoshimi solo veía suciedad y, de repente, un fuego abrasador bajo el agua la cegó.
Ella se despertó a mitad de la noche y fue por cualquier cosa que fuera líquido. Llegando a la cocina escuchó un ruido. Caminando lentamente se asomó. Había alguien allí, de carne y hueso, de estatura baja y con un impermeable amarillo. Ese alguien tomó algo de la recámara y salió corriendo. Parecía ser una persona que se llevaba algo de su casa.
En medio del desespero por quedarse con una cosa menos de las pocas que tenía, Yoshimi persiguió el sonido, que entró en fuga hacia el techo. Quien fuera que estaba en su casa se había robado algo y estaba escapando. En la persecusión se escuchaban pequeños pasos que subían trabajosamente las escaleras.
Al llegar a la azotea, la sombra giró de repente. La figura de una niña se detuvo en la puerta, transformándose en una luz roja cegadora. Yoshimi se cubrió el rostro con las manos y escuchó risas de una niña.
La luz empezó a parpadear y a apagarse hasta concentrarse en un objeto de color rojo vivo abandonado en el gris oscuro de la superficie impermeabilizada de la azotea. La lonchera.
Yoshimi se dio cuenta que Ikuko estaba detrás suyo, se quedó con la boca abierta y todo su cuerpo rígido y retrocedió sin decir una palabra, tanteando salvajemente con las manos detrás de ella en busca de su hija.
Ikuko se agachó en un instante, evadiendo los brazos de su madre y corrió hacia la bolsa de Kitty, que estaba colocada exactamente donde había estado la semana anterior.
‘¡Quieta!’
Su voz tembló cuando llamó a su hija.
No había explicación para el pavor que sentía. Justo cuando su hija estaba a punto de recoger la bolsa, Yoshimi la alcanzó y apartó la lonchera roja de su alcance. El Hello Kitty en el costado rodó varias veces sobre el concreto. Sin duda, era el mismo. La bolsa con el motivo de Kitty que habían descubierto en la azotea hace una semana, la bolsa que había estado en recepción antes de ser arrojada a la basura, esa bolsa estaba aquí frente a ellas.
Ikuko intentó ir nuevamente por la lonchera. Yoshimi la golpeó con fuerza.
‘¡Niña, que NO!’
Su corazón latía violentamente por el miedo. No quería que su hija tocara ese fantasmal objeto. Ikuko miró la bolsa y luego miró el rostro de su madre. Volviéndose hacia la bolsa, su rostro se frunció y estalló en lágrimas. Yoshimi acarició los hombros de su hija para consolarla mientras regresaban al apartamento.
De vuelta en casa, Yoshimi intentó cerrar con llave la puerta, pero descubrió que le temblaban mucho sus manos. También le temblaban las piernas.
Entraron a bañarse para dormir bien, Yoshimi salió primero y dejó a su hija en la bañera con agua caliente. Ella podía escuchar la voz apagada de su hija mientras se arreglaba encima de su cama. Con una toalla de baño envuelta alrededor de su pecho, Yoshimi tomó un cartón de leche del refrigerador en el área del comedor y se sirvió un vaso.
Pasaron tal vez treinta minutos y Yoshimi fue a regañar a su hija por durar demasiado en el baño, cuando la escuchó hablando sola.
“No es justo Mitchan… no es tuya, tú me la regalaste… mi mamá… Ay… tu quisiste salir corriendo, yo no estaba jugando a eso. Mi mamá se asustó y te persiguió, es normal…”
Yoshimi abrió la puerta del baño. En el centro de la bañera había una pequeña toalla que se sumergió al instante en el que Yoshimi entró. Ikuko parecía estar hablando con alguien y ese alguien se desvaneció en un instante.
‘Ikuko, ¿qué estás haciendo? Sal de una vez’. Le dijo a su hija, tratando de no prestar atención a la extraña visión que acababa de presenciar.
Yoshimi envolvió a Ikuko en una toalla de baño y la abrazó. Los hombros de Ikuko estaban helados, muy fríos. Después, se acostaron en la cama.
Llevaba dormida unas dos horas cuando ya no pudo sentir a nadie durmiendo a su lado. El cuerpo de Yoshimi rodó frenéticamente de un lado a otro. Deslizando su mano a lo largo de su costado, la cama estaba vacía.
Su hija no estaba allí.
“¡Ikuko! ¡Ikuko!”
Yoshimi gritó más fuerte y desesperada cuando nadie le respondió. En ese momento, escuchó el sonido de pequeños pasos en el pasillo. Los pasitos abrieron la puerta del apartamento y subieron las escaleras. Yoshimi salió corriendo detrás de lo que pensó que era su hija. Después escuchó el sonido del ascensor moviéndose y se apresuró.
Yohimi corrió, pero no alcanzó a llegar al ascensor, solo vió la pequeña silueta de una niña mientras las grises puertas se cerraban. Ella se quedó allí, mirando cómo la lámpara del quinto piso se apagó y la lámpara del sexto piso se encendió. Entonces la lámpara del sexto piso se apagó, la lámpara del séptimo piso parpadeó y se detuvo. El ascensor había subido al último piso, donde no vivía nadie.
Ikuko se había ido a buscar la bolsa de Kitty, no había duda.
El ascensor se movió, bajó al cuarto piso y abrió las puertas. Yoshimi pulsó el botón del séptimo piso, solo para sentir que el ascensor se hundía suavemente. Ya era pasada la una de la madrugada y nadie llegaba a esa hora al edificio, que quedaba muy a las afueras de la ciudad. El ascensor se detuvo repentinamente.
Era el piso dos.
Las puertas se abrieron, pero nadie esperaba el ascensor. Yoshimi jadeó, avanzó lentamente, luego miró hacia afuera, escaneando ambos lados, dos veces. El oscuro pasaje desierto parecía extenderse hasta el infinito en la negrura. No había nadie allí, solo la luz del apartamento 205, solitaria y parpadeante.
Las puertas empezaron a cerrarse automáticamente. Yoshimi retrocedió. Un segundo antes de que la puerta se cerrara por completo, se sintió una presencia que se infiltraba rápidamente en el ascensor. Tal vez fue solo su imaginación, pero la temperatura en el espacio confinado del ascensor parecía haber bajado repentinamente. No estaba sola; había algo más con ella. Sintió el aliento de alguien en su abdomen y empezó a sudar frío. Goteó el techo, lo que la hizo mirar hacia arriba. Fatal error. Desde arriba, una niña, con la cara morada, hinchada y húmeda le sonreía.
Las luces se fueron.
El ascensor hizo su ascenso hasta el séptimo piso en completa oscuridad. Las puertas se abrieron y la luz volvió.
Yoshimi encendió las luces del ático. Dos tubos fluorescentes en el techo se encendieron. Animada por la luz, ella subió las escaleras hasta la azotea.
‘¡Ikuko!’ llamó desesperada. Todo parecía una pesadilla. Yoshimi se mordió el labio hasta emanar sangre, no podía creer que esto estuviera pasando.
El estómago de Yoshimi subió a su garganta. Enfrente se extendía amenazante y frágil al mismo tiempo, el tanque de agua del edificio, sostenido en su lugar por una torreta oxidada de postes de hierro. Arriba, encima del tanque se podía ver la sombra de una niña saltando cuerda.
‘Ikuko, ¿Eres tú?’
No hubo respuesta, solo una voz de niña, muy parecida a la de su hija cantando mientras, peligrosamente, saltaba la cuerda, en la pequeñísima superficie del techo del tanque de agua. Para subir, Yoshimi tenía que usar una escalera vertical de más de seis metros.
A no más de la mitad del camino, miró hacia abajo. Vio un objeto rojo en la oscuridad del desagüe que corría a lo largo de la pared del ático. La bolsa de Kittty estaba justo donde había estado la noche anterior, en donde había rodado por última vez.
Entonces un brillo de cordura atravesó su mente. No pudo haber sido Ikuko quien subió al séptimo piso en el ascensor; su hija era demasiado pequeña para poder alcanzar el botón del séptimo piso. No pudo haber sido Ikuko quien escaló el tanque de agua, pues su hija temía a muerte a las alturas. No pudo haber sido Ikuko quien saltaba la cuerda pues ella no sabía saltar la cuerda. No pudo haber sido Ikuko quien había subido por la lonchera roja pues esta yacía abandonada en el lugar de la noche anterior, como un espanto amenazante.
Un escalofrío recorrió la espalda de Yoshimi.
Si no fue su hija, ¿quién fue?
Yoshimi escaló otro peldaño. Todo tipo de imágenes aparecieron una tras otra en su mente. Su cuerpo se puso rígido, pegado a la estructura de hierro. Ella sintió que se le iban las luces, que se iba a caer.
En ese instante, escuchó la voz que más anhelaba escuchar en el mundo, gritando directamente debajo de ella.
‘Maaaaaamiiiiiiiiiiii…’
La fuerza de Yoshimi casi la abandonó. Hizo todo lo que pudo para evitar que sus manos y pies perdieran el agarre de la escalera de aluminio. Presionando su mandíbula contra su axila, vio a Ikuko de pie allí en pijama.
‘¿Maaaamiiiii? ¿Qué estás haciendo allá arriba?’ su hija estaba asustada, abandonada casi llorando.
Yoshimi seguía escuchando a una niña jugar encima del tanque. Teniendo la cabeza a poca distancia del nivel superior, se asomó. Lo que vió la hizo golpearse contra las escaleras y caer hasta volver a sostenerse un poco más abajo.
Era una niña, saltando a la cuerda, con un impermeable amarillo. Riéndose de Yoshimi.
–
Por la mañana, Yoshimi llevó a su hija de la mano al ascensor a la hora habitual. Cuando la máquina comenzó a andar, sonaba diferente. Yoshimi apretó la mano de Ikuko, fuerte, había pasado toda la noche sin dormir, todo había sido una ilusión obsesiva.
Llegaron al primer piso. Los poderosos rayos del sol parecían desterrar el aura mórbida de la noche anterior.
El Sr. Kamiya se asomó en la recepción
—Buenos días, señora —la saludó con una amplia sonrisa.
Yoshimi se detuvo y dijo:
‘Disculpe, anoche escuché ruidos extraños en la azotea, había una niña allí arriba’.
— Ah sí… la pequeña Mitsuko. A veces nos cuentan historias de un fantasma infantil. Es por una niña que desapareció misteriosamente en el edificio. Un día estaba jugando y no la vieron más, pero asumimos que cayó desde el techo y algún animal se llevó el cuerpo antes de que lo encontráramos.
Yoshimi puso sus manos sobre los hombros de Ikuko y acercó a su hija hacia ella.
— Verá, la policía lo convirtió en una investigación criminal abierta. Nunca la encontraron. Pero los padres nunca perdieron la esperanza de que ella regresara. Su nombre era Mitsuko; la llamábamos Mitchan.
Yoshimi sintió que la sangre se le escapaba de la cara, Mitchan era quien estaba con Ikuko en la bañera. No hubo tiempo para explicaciones, iban tarde.
–
Cuando regresaron, más tarde, el señor Kamiya llamó a Yoshimi a que siguiera a su pequeña y sucia oficina. El anciano sacó, de entre las cajas de cartón roídas y mohosas, una pequeña libreta.
— Quería mostrarte… Esto fue lo que sucedió hace dos años. Quisiera que entendieras lo que me preocupa a mí de esa niña.
La página estaba fechada el 17 de marzo de hace dos años. Las autoridades habían llegado a la conclusión de que no había más justificación para tratar la desaparición de Mitsuko Kawai del apartamento 205 como un caso de secuestro por motivos económicos y, en consecuencia, convirtieron la investigación en una investigación abierta.
“Debes pensar que la pequeña Mitsuko desapareció y lo más seguro es que no esté con nosotros. Debes rezar mucho y agradecer que su espíritu quiere comunicarse contigo.” dijo el señor Kamiya.
Yoshimi hizo una pausa para respirar. El tanque de agua había sido misteriosamente cerrado con soldadura por uno de los trabajadores de mantenimiento. El señor Kamiya le terminó de explicar que nadie ha podido abrirlo desde entonces, que, lo más probable, era que la desaparición de la niña estuviera ligada al extraño sellamiento del tanque.
Yoshimi subió al apartamento. Lo único que quería era un baño de agua caliente, pensar que todo esto era un caso de sugestión y que, si los espíritus existieran, le querían contar la verdad desde el fondo de sus sueños.
Cuando terminó, teniendo cuidado de no tocar el agua de la bañera, sacó el tapón y observó cómo el nivel del agua bajaba gradualmente. Según todas las apariencias, el agua se veía perfectamente limpia. Sin embargo, Yoshimi no pudo evitar imaginarse las partículas de muerte flotando en el líquido. Abrió el armario de la cocina, sacó la botella de licor que guardaba allí para cocinar y se sirvió un vaso.
La bolsa roja con el motivo de Kitty que se encontró en la azotea, la niña desaparecida Mitsuko, la sombra fugaz debajo del tanque, la misteriosa parada que hizo el ascensor en el segundo piso… Yoshimi dejó escapar un grito inaudible.
El tanque de agua…
El cadáver de la niña estaba allí. Yoshimi lo sabía. El señor Kamiya lo suponía. Ikuko había hablado con la niña.
Yoshimi se llevó las manos a la boca. Corrió hacia el baño, se agachó sobre la taza del inodoro y vomitó. Tenía los ojos inyectados en sangre. Una sensación punzante le quemó la parte posterior de la garganta y la nariz. Tiró de la cadena.
El agua fluyó inmediatamente al cuenco ante sus ojos y se tragó el vómito en su espiral descendente. Lo que quedaba era, según todas las apariencias, agua clara. Mientras se limpiaba la boca con papel higiénico, Yoshimi tosía violentamente una y otra vez por la sensación de asfixia en la garganta.
Permaneció en su posición agachada, esperando que su respiración se calmara. Fue entonces cuando lo escuchó. El sonido del agua goteando en la bañera a su lado. Pensó que había cerrado el grifo con fuerza. Aun así, parecía que se filtraba un poquito.
Con las rodillas presionadas contra el suelo, Yoshimi agarró la taza del inodoro con ambos brazos. Tragó frenéticamente saliva, tratando de evitar que sus delirios se hicieran realidad. Las alucinaciones corrían por sus venas.
Tratando de seguir con su vida, Yoshimi corrió la cortina de la bañera y vio el cadáver de una niña flotando en el agua sucia que se había acumulado en el baño. La cara estaba morada e hinchada hasta casi el doble de su tamaño original. Ella trató de gritar y cayó al suelo mojado. Un vaso de plástico rojo flotaba cerca del pecho del cadáver. Una rana de cuerda verde nadó por la superficie del agua, sus patas delanteras y traseras se agitaban afanosamente. La rana chocó con el hombro del cadáver, se alejó nadando y volvió a chocar contra el mismo hombro, una y otra vez, arrancando un pequeño trozo de carne de muerto con sus garras de plástico en cada viaje. La bolsa de color rojo brillante con el motivo de Kitty se balanceaba hacia arriba y hacia abajo, con la correa sujeta en el cadáver, el hueso de las manos apretadas se podía ver en algunos lugares.
Aparte de los jadeos entrecortados, Yoshimi casi había dejado de respirar. El hedor que asaltaba sus fosas nasales no era muy diferente al de los residuos de cocina podridos. Del susto, se golpeó la cabeza con la puerta y se derrumbó, su mejilla golpeó el frío suelo de madera del pasillo.
El canto de un pájaro penetró el lúgubre límite entre la conciencia y la oscuridad.
Una vez que Ikuko tuvo a su madre sentada, Yoshimi puso una mano en el borde de la bañera y logró levantarse por sí misma. En medio de sollozos, Ikuko miró a su madre y simplemente murmuró
«Mami …»
Ambas lloraron hasta el amanecer.
–
Mientras cruzaban el puente sobre el canal, Yoshimi resistió el impulso de volverse y mirar el edificio de apartamentos. Llevaba una bolsa que contenía sus objetos de valor y una muda de ropa. Cada vez que cambiaba la bolsa de una mano a otra, Ikuko también cambiaba de lado para mantener un agarre firme en la mano vacía de su madre. Era imposible vivir un día más en un apartamento así.
Yoshimi vio un taxi y lo paró. Ayudó a Ikuko a sentarse en el asiento trasero y se inclinó. Mientras lo hacía, alcanzó a ver fugazmente la azotea del edificio de apartamentos. Allí, empequeñecido en la distancia, se alzaba el tanque de agua, muy por encima del suelo. Yoshimi creyó ver a una niña saltando lazo en la azotea, un destello rojo subía y bajaba.
Yoshimi solo quería dormir bien, después miraría qué hacer.

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