¿Has escuchado hablar de la Combustión Espontánea? Es un raro fenómeno en el que las cosas se encienden en llamas de un momento a otro. Hay explicaciones de todo tipo: algunas, muy químicas, buscan explicar que, de hecho, en nuestro cuerpo se generan miles de reacciones todos los días. Una mala combinación y ahí está la explosión. Otras explicaciones son mucho más interesantes y aluden a que aquello que se prende en fuego es el alma misma de la persona, quemándose porque su destino ya se encuentra fuera de toda razón para cumplirse.
El edificio Atlántico se quemó después de un misterioso evento. A todas luces, era una construcción con alma, por eso sufrió de combustión espontánea. Se ubicaba en el centro, sobre la avenida más grande que tenía la ciudad en su momento. Era una mole de casi doscientos metros de altura, con pequeñas ventanillas góticas. Los artesanos todos venían de un pueblo perdido entre los andes, en donde se habían cuidado tradiciones barrocas, provenientes de una Europa hereje que se refugió en el nuevo mundo. Sus trabajos eran maravillosos, con una notable influencia árabe: de misteriosas geometrías y caleidoscópicos colores combinados con ocultos símbolos de ángeles caídos y otras barbaridades.
El maestro de la obra era un arquitecto desconocido, europeo, por supuesto y de modales extraños. Le fascinaba pasar horas en las bancas de las iglesias coloniales, mirando el cielo. Allí, en los más profundos trances psicotrópicos, el arquitecto admiraba al techo, perdiéndose en viajes indescriptibles. El hombre tomaba unas diez gotas de un líquido púrpura que lo dejaba inútil en la banca. Momento en el que se arrodillaba y perdía la razón por varias horas. Al llegar la noche, nadie notaba su ausencia. Como un parpadeo, abandonaba la casa de Dios.
Una secretaria contó un día que, a la hora del almuerzo, entrando sin autorización en la oficina del doctor Luciano, se encontró con una serie de curiosidades peculiares en su escritorio. Allí había un olor profundo a tabaco quemado, pequeños trozos de sustancias extrañas y alcoholes etílicos habían manchado los cajones, donde se encontraban plumas, calaveras de pájaros y dientes de jaguar, cráneos de delfines rosados y manos de simios desproporcionadamente enormes. En otro cajón, había todo un laboratorio de fetos suspendidos en extraños líquidos llenos de yerbas. El señor era todo un enigma; el doctor Luciano Stillman había viajado por todas las selvas del país, aprendiendo de brujos y hechiceros y haciéndose amigo de ellos.
El doctor era muy bien conocido en la alta sociedad de la ciudad. Él se pavoneaba entre los mejores clubes y era reconocido en todo el país. Pero sus mejores amistades eran los extraños médicos indígenas de la Amazonía, exóticos curanderos orisha de saberes africanos, místicos monjes de los monasterios perdidos en los Andes y arrugadas brujas de ojos torcidos. Con ellos mantenía largas conversaciones a puerta cerrada. Con ellos, se encerraba hasta que pútridos olores inundaban la oficina. Con ellos, entonaba canciones de desamor y odio en idiomas ya olvidados. Y con ellos, adoraba a dioses que moran en el lado oscuro de la selva.
Las señoras del aseo del edificio se peleaban por el momento de poder entrar a la oficina y, con la excusa de servir un tinto, aprovechaban para pedir un favor a nombre de un vecino: un amarre milagroso, el bienestar de un negocio sucio o incluso la buena muerte de un sentenciado. Esto, por supuesto que lo cobraban y eran conocidas por ello. Por esta y otras razones, el dinero sobraba para todos los que podían entrar. Todos lo sabían, era una maldición.
En el edificio Atlántico estaba la mata de la brujería y todo el país lo sabía. Cuando se entraba por los portones de cobre con cabezas de león, simulando las puertas de babilonia, era un completo mercado de yerbas, amuletos y hechizos. Siempre tan lleno, siempre tan concurrido, que era imposible escuchar tus propios gritos. Al adentrarse se corría ese riesgo, de perderse y encontrar al destino ciego. Pero habían unas puertas que sólo el que conocía llegaba. Tras ellas estaban las oficinas, la elegante entrada al despacho del doctor Luciano.
Siempre se encontrarían al señor arquitecto compartiendo extraños manjares extravagantes con sus invitados. A la señora Ana, una vez se le trepó un gusano que se coló en su oído y la hospitalizaron. A la señora Matilde se le apareció el rostro de uno de los invitados en el tinto, le hacía señas y le dictaba el número del chance. Al señor Efraín una bruja le dio un tabaco que, le aseguraba, leía el pensamiento. Al doctor Pérez le echaron una maldición que lo dejó con un pie más grande que el otro. Pero al doctor Urrutia le destrozaron su cordura los monstruos que gritaban el nombre de los amantes de su mujer.

Schets van de voorzijde van de triomfboog van de Kardinaal-Infant Ferdinand – Peter Rubens.
Estos arcos de Rubens nos hacen pensar en todas las dimensiones que son llamadas a convivir en la nuestra a través de imágenes, esculturas y detalles que viven en los arcos neoclásicos más populares del mundo. En realidad, estas obras son ventanas a otros tiempos, en donde los sucesos allí inmortalizados ya no son relevantes, son solo fantasmas, espantando sin poder hablar.
Un 31 de octubre fue conocido como el carnaval del Atlántico. Ese día, Brujos y brujas, magos y hechiceras, sabedores y parteras, ojones y palos, vudús, papás, taitas, chamanes, jaibanás, piachés, mohanes, payés, jeques, mamos, tequinas, tuyuras, y muchos, muchos, muchos más vinieron de todo el continente; todos los personajes de poder espiritual y oculto tuvieron cita en la oficina del doctor Stillman.
En una reunión a puerta cerrada y sin refrigerios ni interrupciones, participaron viejas ancianas de dedos y mentes torcidas, furiosos afros de coloridos estampados, misteriosos chamanes de exóticos penachos de plumas, desarreglados académicos de gafas torcidas y desnudos caciques de lenguajes incomprensibles. La puerta tenía seguro desde adentro y los cristales estaban cubiertos con una cortina negra, pero por fuera todo se escuchaba. Desde la plaza, todos hicieron, por primera vez, un sepulcral silencio. Los cantos eran canciones de la selva, bailes que, por su sola presencia, comunicaban el terror, el final. Eran vectores para las más extrañas fuerzas sobrenaturales. Eran la voz del mundo antes de ser creado.
El edificio parecía desierto después de la primera hora. Afuera, el tráfico estaba detenido. Adentro, la gravedad era más fuerte y la realidad más curva. Los monótonos cantos rituales habían hecho eco en el ambiente y todas las almas allí presentes estaban siendo parte del sacrificio. El sol se tornó rojo y, de las entrañas de la tierra, emergió el mármol más blanco y pulcro de toda la existencia humana en esta parte del mundo. Creció como la yerba mala, arrullado por los vocablos repetitivos del culto maléfico. El edificio dejó de elevarse a los doscientos metros y, como un ser que adquiere conciencia del dolor, lloró. Aquel llanto solo se percibió en la humedad que manchó la fachada. Se hizo parte del tiempo y se convirtió en el árbol de cemento más grande de todo el bosque.
Pero el ritual prosiguió; el cielo seguía rojizo y los danzantes salieron de la oficina. En una comparsa, en un carnaval, corrieron los brujos y las sacerdotisas fuera de su lugar de reunión, desfilando por todos los pasillos, saliendo a la calle, cruzando la enigmática construcción. Gritaban, chillaban, aullaban y gemían. Todos los horrores de la noche se hicieron ciertos con los mohanes y los duendes mostrando su verdadera forma y desafiando al día; pues su razón es la noche y no la luz. Cojeando y brincando, llevaban diferentes ofrendas a su recién nacido, todas en misteriosos cofres cubiertos de intricados patrones anteriores a Colón.
Cientos y cientos de seres de la noche salían de aquella extraña oficina del piso trece. Todos salían haciendo males: correteando gente, comiendo gente, disfrutando de gente. La libertad era algo que no conocían y este breve interludio era el limbo, un espacio liminal entre este y el mundo que estaba por morir. Todos, después de aterrorizar al pueblo, ingresaban al nuevo templo, que los engullía uno a uno.
Y cuando el último deforme y feo bicho entró al edificio Atlántico, se supo que éste era un hotel hacia el infierno. Pues el mismo Satanás recibía a sus invitados, en sacoleva y desnudo de piernas, mostrando sus patas de cabra. Allí todos danzaban, todos rumiaban huesos humanos, todos cantaban herejes rezos y todos eran libres. Allí, en el medio de esta ciudad y bajo los ojos del mundo, el edificio Atlántico permaneció, rebelde a la ley de dios, por seiscientos sesenta y seis días, mientras afuera, el país estalló en una guerra civil.
Al último día del rito, la construcción se consumió por la combustión espontánea. Los pisos, como mantequilla en fuego, se derritieron y murieron. Y de aquella extraña, larga, oscura y horrible noche, solo quedaron las cenizas de lo que alguna vez fue el edificio Atlántico. Dicen, cuentan, que nunca murió, que solo entró en otro plano de la existencia, que pertenece ahora a la dimensión del carnaval y la fiesta eterna, al lugar a donde llegan los que rechazaron el purgatorio, al infierno.

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